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Consume consume consume consume consume consume

El imperio del consumo

Eduardo Galeano

SIEC. Actualidad Étnica, Uruguay, 03/04/2008.

La explosión del consumo en el mundo actual mete más ruido que todas las guerras y arma más alboroto que todos los carnavales. Como dice un viejo proverbio turco, quien bebe a cuenta, se emborracha el doble.

La parranda aturde y nubla la mirada; esta gran borrachera universal parece no tener límites en el tiempo ni en el espacio. Pero la cultura de consumo suena mucho, como el tambor, porque está vacía; y a la hora de la verdad, cuando el estrépito cesa y se acaba la fiesta, el borracho despierta, solo, acompañado por su sombra y por los platos rotos que debe pagar.

La expansión de la demanda choca con las fronteras que le impone el mismo sistema que la genera. El sistema necesita mercados cada vez más abiertos y más amplios, como los pulmones necesitan el aire, y a la vez necesita que anden por los suelos, como andan, los precios de las materias primas y de la fuerza trabajo. El sistema habla en nombre de todos, a todos dirige sus imperiosas órdenes de consumo, entre todos difunde la fiebre compradora; pero ni modo: Para casi todos, esta aventura comienza y termina en la pantalla del televisor. La mayoría, que se endeuda para tener cosas, termina teniendo nada más que deudas para pagar deudas que generan nuevas deudas, y acaba consumiendo fantasías que a veces materializa delinquiendo.

El derecho al derroche, privilegio de pocos, dice ser la libertad de todos. Dime cuánto consumes y te diré cuánto vales. Esta civilización no deja dormir a las flores, ni a las gallinas, ni a la gente. En los invernaderos, las flores están sometidas a luz continua, para que crezcan más rápido. En las fábricas de huevos, las gallinas también tienen prohibida la noche. Y la gente está condenada al insomnio, por la ansiedad de comprar y la angustia de pagar. Este modo de vida no es muy bueno para la gente, pero es muy bueno para la industria farmacéutica.

EE.UU. consume la mitad de los sedantes, ansiolíticos y demás drogas químicas que se venden legalmente en el mundo, y más de la mitad de las drogas prohibidas que se venden ilegalmente, lo que no es moco de pavo si se tiene en cuenta que EE.UU. apenas suma el cinco por ciento de la población mundial. “Gente infeliz, la que vive comparándose”, lamenta una mujer en el barrio del Buceo, en Montevideo. El dolor de ya no ser, que otrora cantara el tango, ha dejado paso a la vergüenza de no tener.

Un hombre pobre es un pobre hombre. “Cuando no tenés nada, pensás que no valés nada”, dice un muchacho en el barrio Villa Fiorito, de Buenos Aires. Y otro comprueba, en la ciudad dominicana de San Francisco de Macorís: “Mis hermanos trabajan para las marcas. Viven comprando etiquetas, y viven sudando la gota gorda para pagar las cuotas”. Invisible violencia del mercado: la diversidad es enemiga de la rentabilidad, y la uniformidad manda. La producción en serie, en escala gigantesca, impone en todas partes sus obligatorias pautas de consumo. Esta dictadura de la uniformización obligatoria es más devastadora que cualquier dictadura del partido único: impone en el mundo entero, un modo de vida que reproduce a los seres humanos como fotocopias del consumidor ejemplar.

El consumidor ejemplar es el hombre quieto. Esta civilización, que confunde la cantidad con la calidad, confunde la gordura con la buena alimentación.

Según la revista científica The Lancet, en la última década la “obesidad severa” ha crecido casi un 30% entre la población joven de los países más desarrollados. Entre los niños norteamericanos, la obesidad aumentó en un 40% en los últimos dieciséis años, según la investigación reciente del Centro de Ciencias de la Salud de la Universidad de Colorado. El país que inventó las comidas y bebidas light, los diet food y los alimentos fat free, tiene la mayor cantidad de gordos del mundo. El consumidor ejemplar sólo se baja del automóvil para trabajar y para mirar televisión. Sentado ante la pantalla chica, pasa cuatro horas diarias devorando comida de plástico.

Triunfa la basura disfrazada de comida: Esta industria está conquistando los paladares del mundo y está haciendo trizas las tradiciones de la cocina local. Las costumbres del buen comer, que vienen de lejos, tienen, en algunos países, miles de años de refinamiento y diversidad, y son un patrimonio colectivo que de alguna manera está en los fogones de todos y no sólo en la mesa de los ricos. Esas tradiciones, esas señas de identidad cultural, esas fiestas de la vida, están siendo apabulladas, de manera fulminante, por la imposición del saber químico y único: la globalización de la hamburguesa, la dictadura de la fast food. La plastificación de la comida en escala mundial, obra de McDonald’s, Burger King y otras fábricas, viola exitosamente el derecho a la autodeterminación de la cocina: sagrado derecho, porque en la boca tiene el alma una de sus puertas.

El campeonato mundial de fútbol del 98 nos confirmó, entre otras cosas, que la tarjeta Master Card tonifica los músculos, que la Coca-Cola brinda eterna juventud y que el menú de McDonald’s no puede faltar en la barriga de un buen atleta. El inmenso ejército de McDonald’s dispara hamburguesas a las bocas de los niños y de los adultos en el planeta entero. El doble arco de esa M sirvió de estandarte, durante la reciente conquista de los países del Este de Europa. Las colas ante el McDonald’s de Moscú, inaugurado en 1990 con bombos y platillos, simbolizaron la victoria de Occidente con tanta elocuencia como el desmoronamiento del Muro de Berlín.

Un signo de los tiempos: Esta empresa, que encarna las virtudes del mundo libre, niega a sus empleados la libertad de afiliarse a ningún sindicato. McDonald’s viola, así, un derecho legalmente consagrado en los muchos países donde opera. En 1997, algunos trabajadores, miembros de eso que la empresa llama la Macfamilia, intentaron sindicalizarse en un restorán de Montreal en Canadá: el restorán cerró. Pero en el 98, otros empleados de McDonald’s, en una pequeña ciudad cercana a Vancouver, lograron esa conquista, digna de la Guía Guinness.

Las masas consumidoras reciben órdenes en un idioma universal: la publicidad ha logrado lo que el esperanto quiso y no pudo. Cualquiera entiende, en cualquier lugar, los mensajes que el televisor transmite. En el último cuarto de siglo, los gastos de publicidad se han duplicado en el mundo. Gracias a ellos, los niños pobres toman cada vez más Coca-Cola y cada vez menos leche, y el tiempo de ocio se va haciendo tiempo de consumo obligatorio. Tiempo libre, tiempo prisionero: las casas muy pobres no tienen cama, pero tienen televisor, y el televisor tiene la palabra… Comprado a plazos, ese animalito prueba la vocación democrática del progreso: a nadie escucha, pero habla para todos. Pobres y ricos conocen, así, las virtudes de los automóviles último modelo, y pobres y ricos se enteran de las ventajosas tasas de interés que tal o cual banco ofrece.

Los expertos saben convertir a las mercancías en mágicos conjuntos contra la soledad. Las cosas tienen atributos humanos: acarician, acompañan, comprenden, ayudan, el perfume te besa y el auto es el amigo que nunca falla.

La cultura del consumo ha hecho de la soledad el más lucrativo de los mercados. Los agujeros del pecho se llenan atiborrándolos de cosas, o soñando con hacerlo. Y las cosas no solamente pueden abrazar: ellas también pueden ser símbolos de ascenso social, salvoconductos para atravesar las aduanas de la sociedad de clases, llaves que abren las puertas prohibidas. Cuánto más exclusivas mejor: las cosas te eligen y te salvan del anonimato multitudinario. La publicidad no informa sobre el producto que vende, o rara vez lo hace. Eso es lo de menos. Su función primordial consiste en compensar frustraciones y alimentar fantasías: ¿En quién quiere usted convertirse comprando esta loción de afeitar?

El criminólogo Anthony Platt ha observado que los delitos de la calle no son solamente fruto de la pobreza extrema. También son fruto de la ética individualista. La obsesión social del éxito, dice Platt, incide decisivamente sobre la apropiación ilegal de las cosas. Yo siempre he escuchado decir que el dinero no produce la felicidad; pero cualquier televidente pobre tiene motivos de sobra para creer que el dinero produce algo tan parecido, que la diferencia es asunto de especialistas.

Según el historiador Eric Hobsbawm, el siglo XX puso fin a siete mil años de vida humana centrada en la agricultura desde que aparecieron los primeros cultivos, a fines del paleolítico. La población mundial se urbaniza, los campesinos se hacen ciudadanos. En América Latina tenemos campos sin nadie y enormes hormigueros urbanos: las mayores ciudades del mundo, y las más injustas. Expulsados por la agricultura moderna de exportación, y por la erosión de sus tierras, los campesinos invaden los suburbios. Ellos creen que Dios está en todas partes, pero por experiencia saben que atiende en las grandes urbes. Las ciudades prometen trabajo, prosperidad, un porvenir para los hijos. En los campos, los esperadores miran pasar la vida, y mueren bostezando; en las ciudades, la vida ocurre, y llama. Hacinados en tugurios, lo primero que descubren los recién llegados es que el trabajo falta y los brazos sobran, que nada es gratis y que los más caros artículos de lujo son el aire y el silencio.

Mientras nacía el siglo XIV, fray Giordano da Rivalto pronunció en Florencia un elogio de las ciudades. Dijo que las ciudades crecían “porque la gente tiene el gusto de juntarse”. Juntarse, encontrarse. Ahora, ¿quién se encuentra con quién? ¿Se encuentra la esperanza con la realidad? El deseo, ¿se encuentra con el mundo? Y la gente, ¿se encuentra con la gente? Si las relaciones humanas han sido reducidas a relaciones entre cosas, ¿cuánta gente se encuentra con las cosas?

El mundo entero tiende a convertirse en una gran pantalla de televisión, donde las cosas se miran pero no se tocan. Las mercancías en oferta invaden y privatizan los espacios públicos. Las estaciones de autobuses y de trenes, que hasta hace poco eran espacios de encuentro entre personas, se están convirtiendo ahora en espacios de exhibición comercial.

El shopping center o shopping mall vidriera de todas las vidrieras, impone su presencia avasallante. Las multitudes acuden, en peregrinación, a este templo mayor de las misas del consumo. La mayoría de los devotos contempla, en éxtasis, las cosas que sus bolsillos no pueden pagar, mientras la minoría compradora se somete al bombardeo de la oferta incesante y extenuante. El gentío, que sube y baja por las escaleras mecánicas, viaja por el mundo: los maniquíes visten como en Milán o París y las máquinas suenan como en Chicago, y para ver y oír no es preciso pagar pasaje. Los turistas venidos de los pueblos del interior, o de las ciudades que aún no han merecido estas bendiciones de la felicidad moderna, posan para la foto, al pie de las marcas internacionales más famosas, como antes posaban al pie de la estatua del prócer en la plaza. Beatriz Solano ha observado que los habitantes de los barrios suburbanos acuden al center, al shopping center, como antes acudían al centro.

El tradicional paseo del fin de semana al centro de la ciudad, tiende a ser sustituido por la excursión a estos centros urbanos. Lavados y planchados y peinados, vestidos con sus mejores galas, los visitantes vienen a una fiesta donde no son convidados, pero pueden ser mirones. Familias enteras emprenden el viaje en la cápsula espacial que recorre el universo del consumo, donde la estética del mercado ha diseñado un paisaje alucinante de modelos, marcas y etiquetas.

La cultura del consumo, cultura de lo efímero, condena todo al desuso mediático. Todo cambia al ritmo vertiginoso de la moda, puesta al servicio de la necesidad de vender. Las cosas envejecen en un parpadeo, para ser reemplazadas por otras cosas de vida fugaz. Hoy que lo único que permanece es la inseguridad, las mercancías, fabricadas para no durar, resultan tan volátiles como el capital que las financia y el trabajo que las genera. El dinero vuela a la velocidad de la luz: ayer estaba allá, hoy está aquí, mañana quién sabe, y todo trabajador es un desempleado en potencia.

Paradójicamente, los shoppings centers, reinos de la fugacidad, ofrecen la más exitosa ilusión de seguridad. Ellos resisten fuera del tiempo, sin edad y sin raíz, sin noche y sin día y sin memoria, y existen fuera del espacio, más allá de las turbulencias de la peligrosa realidad del mundo.

Los dueños del mundo usan al mundo como si fuera descartable: una mercancía de vida efímera, que se agota como se agotan, a poco de nacer, las imágenes que dispara la ametralladora de la televisión y las modas y los ídolos que la publicidad lanza, sin tregua, al mercado. Pero, ¿a qué otro mundo vamos a mudarnos? ¿Estamos todos obligados a creernos el cuento de que Dios ha vendido el planeta a unas cuantas empresas, porque estando de mal humor decidió privatizar el universo?

La sociedad de consumo es una trampa cazabobos. Los que tienen la manija simulan ignorarlo, pero cualquiera que tenga ojos en la cara puede ver que la gran mayoría de la gente consume poco, poquito y nada necesariamente, para garantizar la existencia de la poca naturaleza que nos queda. La injusticia social no es un error a corregir, ni un defecto a superar: Es una necesidad esencial. No hay naturaleza capaz de alimentar a un shopping center del tamaño del planeta.

Tomado de: www.aporrea.org

Cómo es todo

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Pecados y pescado

Reproducimos la columna de hoy de Molano. Muy buena por cierto. Y por cierto pueden compararla con el pinche editorial de El Tiempo sobre lo mismo.

La cosa no fue de un día para otro. Debieron pasar días y años. Muchos años. Primero fue por los ríos, por algunos ríos, los grandes, los navegables: pasaban barcas con gente armada y ambiciosa buscando oro.

Después fue por los caminos, los antiguos, los trazados por la fatiga y el sudor: pasaban hombres a caballo, armados, buscando el oro. De los ríos y de los caminos nacían trochas y trochas hacia las selvas buscando la quina, el caucho, la ipecacuana y, siempre, el oro. Los caminos se volvieron reales: se sacaban el tabaco, el café, el añil y se embarcaban por ríos que desembocaban en otros ríos y todos en el mar. A orillas de los caminos se abrían fincas y con las fincas se hacían haciendas.

Aun así, nada había pasado. Ni las pavas ni las dantas ni los venados huían de los caminos. Los ríos estaban llenos de bagres, nicuros, sabaletas. Se construyeron carreteras, ferrocarriles y aeropuertos; los pueblos crecían, algunos se volvieron ciudades. Pero aun así, nada había pasado. La gente comía pescado fresco, salpreso o seco. Mucha gente vivía del pescado porque los ríos y el mar lo regalaban a manos llenas. Alguna gente comía carne de monte, de res, de cerdo. Otra, algo exclusiva, atún y sardinas. Con los días, las ganaderías con ganado y sin ganado crecían al ritmo de caminos y carreteras; los ríos se fueron olvidando y ya no corrían limpios: los pueblos y las ciudades construyeron alcantarillas para botar en ellos sus aguas sucias.

En el río Bogotá no se volvieron a pescar capitanes ni a coger cangrejos. Pero aun así, nada había pasado. Los pescadores se acostumbraron a pescar poco y sucio; los pueblos ribereños, a comer mierda. Como tenía que comer la mucha, la mucha gente que sacaban a brincos del campo para fundar hatos y haciendas. Los pastos reemplazaban las selvas; se tumbaban los frailejonales para sembrar unas papas grandes y meter unas vacas pequeñas y peludas; las aguas corrían pesadas y barrosas. Las ciudades añadían a sus aguas negras desechos químicos y venenos verdes. En los ríos los trasmallos, la dinamita y el barbasco hacían su agosto. Donde hubo selvas, ahora había rastrojos que nunca alcanzaban a madurar; el agua se retiraba.

La lluvia comenzó a escasear, las nubes pasaban como caravanas. En Honda, la subienda mermaba; en Cartagena y en Buenaventura, los barcos con enormes redes de arrastre apenas si fondeaban antes de llevar toneladas de camarones a Nueva Orleans y a Tokio y dejar los arrecifes destrozados y los manglares exangües. Las ciénagas del San Jorge, del Sinú, del Magdalena, se convirtieron en haciendas a plomo limpio; los playones de la laguna de Sonso en el Cauca se llenaron de caña de azúcar, la laguna de Fúquene, de kikuyo; los playones de Tota y La Cocha, de cebolla; la trucha se ahogaba en fungicidas. De los grandes ríos del sur, del Caquetá y del Putumayo, los gigantescos valentones, más grandes que sus pescadores, salían en avión llevando en sus barrigas toneladas de coca. La carne se botaba para salvar la cocaína.

Al tiempo, por otros ríos y por los mismos, bajaban cadáveres de hombres y mujeres y niños como islas flotantes engordando chulos; bajo sus aguas corrían otros tantos muertos desmembrados y desleídos para blanquear los contados sumarios que los jueces abrían. La gente dejó de comer el poco pescado que ya daban los ríos. Las subiendas Magdalena arriba, Sinú arriba, Patía arriba se volvieron tan raras como el arco iris en los páramos agostados y desecados por paraganaderos. El agua dejó de correr mientras la gente corría.

El pescado que fue durante cientos de años —digamos trescientos—, la alimentación gratuita de un pueblo despojado de sus tierras, islas y playones, que criaba un mercado barato y que marcaba el regreso de las lluvias y el fin de los veranos, ese pescado, dicen los diarios de Semana Santa, hoy se importa de Vietnam y de Chile, de Canadá y de Noruega y dentro de muy poco tiempo sólo se conocerá en restaurantes y hoteles de cinco estrellas. Así, en el futuro el pescado se verá sólo en las casullas de los curas como testimonio de un cristianismo desaparecido, si para entonces la iglesia no las ha terminado de vender. Y todo, todo pasó sin darnos cuenta.

Alfredo Molano Bravo

6 de marzo

Reproducimos la columna de Ivan Cepeda Castro, vocero de los convocantes, sobre la marcha del 6 de marzo (El Espectador, 16 de febrero de 2008 [fuente]):
“La demostración ciudadana del 6 de marzo por los derechos de las víctimas de los paramilitares, los parapolíticos y los agentes del Estado comprometidos en violaciones de derechos humanos, no sólo no cuenta con poderosos recursos económicos y mediáticos.

Se enfrenta además a las mentiras del Gobierno, las amenazas de los grupos paramilitares, y la manipulación de la agencia de noticias Anncol. Como si todo esto fuera poco, comienzan a registrarse presiones en determinadas empresas e instituciones tendientes a impedir la participación en los actos programados.

Esta semana, la Unión Sindical Obrera denunció que los directivos de Ecopetrol advirtieron a sus empleados que quienes no concurran a su puesto de trabajo el día 6 de marzo serán sancionados. La misma empresa convocó a su personal a participar en la marcha del 4 de febrero. En una de las sedes de la Universidad Libre de Bogotá aparecieron anuncios públicos llamando a estudiantes y profesores a no participar el 6 por “razones de seguridad y de orden público”.

Los actos del 6 de marzo no responden a un ánimo revanchista en relación con la manifestación del 4 de febrero. Su convocatoria no surgió como respuesta reactiva e improvisada. Desde hace más de dos décadas las asociaciones de víctimas y las organizaciones de derechos humanos vienen trabajando para que la sociedad colombiana reconozca la existencia de crímenes como la desaparición forzada, las ejecuciones extrajudiciales, el genocidio, el desplazamiento forzado, etc. Tampoco se trata de un acto excluyente.

El 6 de marzo en la Plaza de Bolívar se leerá un llamamiento firmado por organizaciones de víctimas de la guerrilla y de crímenes de Estado en el que se condenan todos los crímenes contra la humanidad. La manifestación convocada hace parte del legítimo derecho a exigir que la sociedad colombiana reconozca con la misma convicción a todas las víctimas, y se manifieste con la misma decisión contra todas las formas de violencia. Que un grupo de ciudadanos convoque a una demostración pública de estas características no debería suscitar tantos ataques y manipulaciones. Lo que demuestran esos hostigamientos es cuán lejos estamos aún como sociedad de los hábitos democráticos.

A pesar de todos estos ataques y obstáculos, las centrales obreras, algunos de los partidos políticos, emisoras radiales, el periódico El Espectador, varios columnistas de opinión y muchos ciudadanos han respaldado la iniciativa. No sé cuántas personas salgan a la calle el 6 de marzo de 2008. Espero que sean muchas. Quienes lo hagan estarán cumpliendo con el deber constitucional de defender los derechos humanos. Pero además, dadas las difíciles circunstancias en las que se realiza esta jornada de homenaje a las víctimas, estarán llevando a cabo un acto de elevado sentido ético. En medio de un creciente ambiente de intolerancia y discriminación, ejercerán su derecho a manifestarse públicamente.

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Una de las acusaciones que me han formulado en estos días es que nunca he condenado las acciones del frente ‘Manuel Cepeda’. Quiero citar lo que escribí en esta columna de opinión el 17 de marzo de 2007: “He condenado en múltiples oportunidades las acciones en las que grupos guerrilleros atentan contra la vida y la dignidad de las personas, y en particular, el secuestro convertido en industria de comercio con seres humanos. Con esa misma verticalidad condeno las acciones que realiza el mal llamado frente ‘Manuel Cepeda’, que han costado la vida de civiles en atentados dinamiteros. Una sociedad justa y democrática, como la que quería mi padre, no se construye a punta de atentados indiscriminados contra la población civil”.

Carimagua inc.

Columna de Alfredo Molano (El Espectador, 16 de febrero de 2008) [fuente]

Más claro no canta un gallo. Los señores empresarios emprendedores y sus amigos irregulares llevan ya dos décadas haciendo una verdadera contrarreforma agraria y trayendo progreso a punta de motosierra. Ahora, hece unos años, tal vez por algunos más, cuentan con un gobierno totalmente identificado y comprometido con sus proyectos y puntos de vista. La columna de Molano:

“Con el pecho aún henchido de patriotismo y con varias capas de protector solar en la cara después de la marcha del 4 de febrero, el Ministro de Agricultura se dispuso con ese tonito pedagógico de seminario menor que ha copiado de su mentor, el señor Presidente, a explicarnos que los grandes inversionistas seguirán siendo para el Gobierno los privilegiados de siempre y que los desplazados deberán reconvertirse en peones de sus haciendas.

En buena hora la Procuraduría y el senador Robledo se le atravesaron al ministro y pusieron las cosas en su sitio. Carimagua es en realidad una chichigua de 17.000 hectáreas englobadas en el proyecto estrella de colonización uribista bautizado como Recuperación de la Alta Orinoquia, que busca poner en los bolsillos de megaempresarios la bobería de 6’400.000 hectáreas entre los ríos Orinoco, Meta, Vichada y Manacacías, y que el señor Presidente presume despobladas —aun de desplazados—, pero donde viven de esas “tierras ácidas” 54 resguardos indígenas y miles de campesinos y colonos.

La Embajada de Colombia en Japón hizo en 2005 el lanzamiento del proyecto en Tokio, exaltando la fertilidad del suelo y las posibilidades tan rentables que ofrecían las tierras para cosechar palma, caucho, madera y, además, producir oxígeno, un plus que se negocia en Bolsa. No fue un acto, fue una feria. Uribe le echó el cuento a Bush y a Bill Gates, mientras el embajador colombiano embaucaba a Gunter Pauli, de la Fundación Zeri, comerciante de oxígeno; a la firma Daiwa House, negociadora de aguas, y a la Cargill, la mayor comercializadora de granos del mundo. Y, como si fuera poco, al más poderoso banco norteamericano, el J. P. Morgan Chase, mercader de acero y de guerras.

Para mostrar al mundo que el proyecto no era embuste, Incoder le tituló al senador uribista Habib Merheg; a su secretaria; a su abogado y a una docena de sus seguidores, 18.000 hectáreas, y cedió a la Fuerza Aérea Colombiana 61.500 hectáreas –un predio cuatro veces más grande que Carimagua– para instalar un campo de entrenamiento de bombardeos y un gran proyecto de “desarrollo social” para “emplear personas que han sido afectadas por el conflicto y en primera línea por nuestros soldados y policías discapacitados, nuestros oficiales y suboficiales”. (¿Qué pensará Venezuela de esta punta de lanza a pocos kilómetros de la frontera?)

De todos modos, el Gobierno está encartado con Carimagua, que fue un centro experimental de primera importancia, dirigido y financiado por el CIAT y el ICA hasta por allá a mediados del 90, cuando la guerrilla se tomó la sede, destruyó laboratorios y se llevó unos carros. El Gobierno optó entonces por entregar el predio al Fondo Ganadero del Huila en condiciones que la Procuraduría está en mora de investigar. Después todo proyecto ha fracasado, salvo la pista aérea utilizada por antinarcóticos y la base militar con 600 efectivos, que no son los mismos terrenos donados a la FAC. En Carimagua las construcciones están medio destruidas; la biblioteca –llena de informes técnicos valiosos–, enmohecida; las carreteras enmontadas y ni qué decir de los experimentos en pasto, sorgo y marañón. ¿Qué hacer con esas 17.000 hectáreas?

En el exterior –de dientes para afuera– se destinaron a los desplazados para atraer recursos y lavarse las manos; en el interior, como se sabe, se las quiso entregar el Gobierno a los palmicultores, caucheros –¡otra vez los caucheros!– y a los aserradores, que han arrasado nuestras selvas, ofreciéndoles todo tipo de gabelas tributarias. La Procuraduría brincó a tiempo y la opinión pública se enteró de manera práctica y tangible de la política agraria del gobierno de Uribe: conceptualmente hablando –subrayo, conceptualmente–, es el mismo modelo patentado en el Urabá chocoano por el ‘Alemán’, o por ‘Jorge 40’ en las tierras del Cesar: desplazar a los pobres para meter a los ricos.

En el Vichada, el trabajo de sacar indígenas y colonos de sus tierras lo ha hecho el Señor Cuchillo, jefe todopoderoso de los paramilitares que continúa prestando importantes servicios a la causa de la seguridad regional. Mirada en conjunto, la política agraria de los últimos gobiernos ha sido en la práctica una obra en tres actos: primer acto, entrada de los paramilitares motosierra en mano y desplazamiento de campesinos; acto segundo, negociación con los paramilitares, y acto final, entrega de tierras a grandes inversionistas.”

Porqué no marchamos

“Manifiestamos nuestro rechazo profundo por el secuestro y toda actividad que viole el sagrado derecho a la Vida, don de esta Madre Tierra para que cuidemos de Ella, la Potenciemos y hagamos Florecer de formas inconcebibles.

No para implementar prácticas de exterminio masivo como son propias del modelo neo-liberal del capitalismo corporativo en ciernes. Allí donde la Justicia, el Derecho y las instituciones democráticas se hallan absolutamente sometidas a los intereses de las élites locales y las compañías transnacionales. Lo anterior es una verdad a perogrullo.

El genocidio social operado por el sistema e invisibilizado por los medios de comunicación no tiene perdón de Dios.

Sobretodo en países latinoamericanos, herida abierta en este suelo de Abya-Yala. Nos hierve la sangre en las venas ver la forma como nuestras culturas autóctonas están siendo atropelladas en nombre de un “Desarrollo” a todas luces suicida e insostenible.

El daño ecológico y medioambiental causado por esta globalizada lógica de mercado como pensamiento único es algo inadmisible. Nos estamos matando a nosotros mismos y a la infinita riqueza de vida sobre el planeta. Las generaciones futuras nos juzgarán severas.

No estoy de acuerdo, entonces, con todo respeto, con una marcha de evidentes tintes pro-gobiernistas.

No legitimo la solución armada del conflicto, política guerrerista bandera de la actual administración y eco rendido a los intereses de los Estados Unidos de Norteamérica. Esa no es la música de estas alas.

Para nosotros la resistencia pacífica.

Para nosotros el arte y la cultura como formas de acción política.

Deploramos, execramos y rechazamos el secuestro venga del grupo que venga, así como cualquier violación al Derecho Internacional Humanitario (DIH), pero seguir ocultando la violencia institucional que generan políticas neo-liberales en sindicalistas, líderes estudiantiles, militantes, afrodescendientes, indígenas y la gran mayoría de excluidos es algo que no podemos soportar.

A ver si abrimos los ojos sobre el verdadero significado y reales sujetos activos de conductas “terroristas”.

¿porqué no salimos a marchar por los veinticinco mil (25.000) niños que mueren al año en Colombia víctimas de enfermedades curables?

¿porqué no marchamos por la población que vive por debajo de la línea de pobreza, -cerca de la mitad de todos los colombianos-, pobreza agudizada por el tipo de políticas económicas del actual gobierno neo-liberal en Colombia?

¿porqué no marchamos por las cientos de miles de víctimas del paramilitarismo, por los millones de desplazados que no vemos en “las buenas noticias del entretenimiento” ni en los “objetivos” informes de los grandes noticieros, RCN, CARACOL, o en el diario el TIEMPO, todos ellos claramente proclives y favorables al actual gobierno?

A ver si despertamos de este trance mediático, ceguera de la cretinización masiva operada por los grupos económicos dueños de los medios masivos de comunicación en Colombia y en el mundo.

Por estas razones NO MARCHAMOS.

Imaginamos formas de resistencia a la barbarie del conflicto armado en Colombia menos sumisas a las órdenes del actual gobierno encabezado por Álvaro Úribe Vélez.

Formas de resistencia creativa y lúcida, que no acaben por legitimar la guerra como salida, que no sean copia de modelos de progreso y bienestar calcados del “american way of life”, que no fortalezcan las garras del imperio cultural-económico-militar de Estados Unidos en nuestra Tierra. El dominio de las Corporaciones en nuestra gente, en nuestras mentes, en nuestras selvas y bosques, sobre la riqueza de nuestros recursos naturales.

Con la mirada fiera y el pulso firme, enseñanzas de nuestros Pueblos Originarios, NO MARCHAMOS el cuatro de febrero, mantenemos el corazón sereno y la dignidad de nuestra Madre Tierra.”

Nanahualtin-Teponaztle-Xocoyotzin, Estirpe de Guerreros Garra de Jaguar, de nube Razante en el Cielo tormentoso.